Codex Calixtinus

"Todos los pueblos irán en peregrinación hasta la consumación de los siglos"

lunes, 27 de septiembre de 2010

También la piedra



Gerardo Diego: "Ante las torres de Compostela"


También la piedra, si hay estrellas, vuela.
Sobre la noche biselada y fría
creced, mellizos lirios de osadía;
creced, pujad, torres de Compostela
Campo de estrellas vuestra frente anhela,
silenciosas maestras de porfía.
En mi pecho –ay, amor- mi fantasía
torres más altas labra. El alma vela.
Y ella –tú-, aquí,
conmigo, aunque no alcanzas
con tus dedos mis torres de esperanzas
como yo estas piedras con los míos,
contempla entre mis torres las estrellas,
no éstas de otoño, bórralas; aquellas
de nuestro agosto ardiendo en sueños fríos.

miércoles, 8 de septiembre de 2010

A Belit-Seri, desde algún lugar en el camino


imagen: Wikipedia


El tiempo no admite pactos ni desafíos, es él quien nos impone imágenes, paisajes, acentos y rutas. Belit-Seri, tú que estás próximo a los dioses tienes que saberlo. El tiempo llega a veces esquivo y con falsas promesas, sin ánimos de recobrar los sueños, enfrentándonos a una realidad extenuada y con lastres, hasta marcharse con la llave de nuestro destino sin dar explicaciones. No, Belit, no hables de recuerdos. Un guerrero no puede tener memoria, te asediaría de ternuras y provocaría el deterioro de tu valor.

La historia de nuestros días tiene letras comprometidas, versos que intentan sobrevivir, pero estás lejos y Alepo no se encuentra en la ruta que me tiene reservada el destino. A ti no te será difícil llegar, dominado como estás por tu amor al riesgo y la aventura. Esa ciudad debe tener algo para que digan que la vida no cuenta si no vives en ella, y para un soldado como tú tiene que ser un privilegio descubrir su esencia en cada uno de los rincones de la ciudadela, entrar en la mezquita, visitar los zocos y madrazas, y descansar en uno de los numerosos caravasares con que cuenta.

Sigues lejos de mí, apenas percibo tu silueta en mis sueños, pero confío en que te llegarán estas noticias. A pesar del silencio, de la lluvia, de los arcoíris rotos, de no conocer tu nombre todavía y de tu aparente abandono, he dado un quiebro al destino y empiezo a conocer un lenguaje nuevo. Ahora puedo decirte que mi tiempo está lleno de pasiones y de templanzas, de convencimientos y de nuevas historias y leyendas. Una de ellas es una historia singular, la que cuenta la vida y milagros de Santiago el Mayor, que fue apostol y mártir. Murió en Palestina, y sus restos fueron llevados por sus discípulos hasta Iria Flavia, en la Península Ibérica, aunque hay también otros que sugieren que fueron los árabes quienes trasladaron su cuerpo, pero esto es algo que nadie le da veracidad. Dicen que ya había estado antes allí, predicando el evangelio de su Maestro. Más tarde, cuando descubrieron su sepulcro en un bosque que parece llamarse Libredón, sucedieron algunos hechos extraordinarios -lluvia de estrellas fugaces, luces ardientes, toros salvajes que se comportan como dóciles bueyes, gallinas que cantan después de asadas- que hicieron del lugar un sitio de peregrinaje.

Siento el deseo de comenzar una nueva aventura, y me han hablado de una antigua tradición de visitar la tumba del Apostol. Como ya te dije en una ocasión, no eres sólo tú el que camina. Yo iré por la ruta de las estrellas hasta los confines del mundo, siguiendo el sol hacia el oeste. Me esperan una tierra húmeda, robles y castaños, el arte, sendas, piedras, posadas y nombres. Pero no te inquietes por mí, Belit-Seri, existe una guía, el Liber peregrinationis, en el que están todos los nombres, rutas, y consejos para hacer este camino sin tener que consultar oráculos ni druidas. No necesitaré mucho más para este recorrido, un bordón, una esclavina para el frío, una calabaza para el agua y un sombrero que me proteja del sol. En el Camino encontraré el conocimiento que me niega el Árbol de la Sabiduría, aprenderé de esta tierra y sus lugares sagrados a valorar y respetar sin exigencias el tiempo que me sea dado para conocerla, pues lo cierto es que no perdimos la llave del tiempo sino que no la hemos tenido nunca.

Uxa

viernes, 20 de agosto de 2010

Una peregrina hacia Santiago





Si el Señor no protege la ciudad, en vano vigila el que la guarda.

(Lema del Temple)



Un tramo del Camino

He dejado atrás el páramo y me integro en un paisaje más amable y asequible. La mañana está conflictiva y arrastra con pereza sombras que anuncian lluvias cercanas. A pesar del cansancio, no puedo detenerme y sigo buscando en la historia el rastro del Escriba. No tengo elección posible; sólo cuando él rompa su silencio obstinado y dé a conocer su nombre, habré llegado al fin de mi peregrinaje. Conozco los riesgos, pero no me siento sola desde que sé de la existencia de unos monjes -valientes guerreros- que protegen a todos los que hacen el Camino. Quizás sean estos hombres devotos los guardianes de la Verdad que buscamos Belit-Seri y yo desde hace tanto tiempo, quizás sepan ellos cómo acortar el espacio que nos separa.

He recorrido un tiempo que ya no existe, pero a pesar de las distancias no se me hace largo. He pasado pueblos y cruzado ríos, he visitado iglesias y castillos y he refugiado mi impaciencia en albergues. Avanzo con rapidez hacia un horizonte que me atrae desesperadamente, entre arboledas y prados húmedos. "No puedo rechazar la belleza de mis viajes" … Estas palabras del Escriba son el credencial que me abre la puerta a ese destino que todavía tiene que llegar. De momento estoy cruzando un lugar armónico de robles y eucaliptos, aldeas de piedras, cruceiros, corredoiras entre muros de pizarra y solitarios valles. Este grávido camino traza nuevas perspectivas en mi corazón, y siento y sufro, veo y me alegro de este cambio interior que me transforma y me hace vivir momentos irrepetibles.

Belit-Seri, ¿dónde estás cuando te necesito? ¡Deberías de estar aquí antes de que se precipite nuestro otoño! Santiago está cerca ya y aunque el camino sigue mostrando benevolencia con mis piernas, empiezo a sentir el peso del legado anterior que me muestran las flechas amarillas. ¡Si al menos pudiera encontrar refugio para mi agotada ternura! Pero, mientras sigo buscando la Verdad y, aunque tú me dijiste que es ella lo más noble que un dios puede conceder, sé que no será Lugh quién me acompañe hasta el Pórtico de la Gloria.



"Del cielo la música va a dar comienzo,
pues los gloriosos concertistas
afinan risueños los instrumentos...
¿Estarán vivos? ¿Serán de piedra
aquellos semblantes tan verdaderos,
aquellas túnicas maravillosas,
aquellos ojos de vida llenos"...

(Rosalía de Castro)

viernes, 28 de mayo de 2010

Madrigal a la ciudad de Santiago

de Federico Garcia Lorca


Llueve en Santiago
Mi dulce amor
Camelia blanca del aire
Brilla entenebrecida al sol

Llueve en Santiago
En la noche oscura
Hierbas de plata y de sueño
Cubren la vacía luna

Miro la lluvia por la calle
Llanto de
piedra y cristal.
Mira en el viento desvaído
Sombra y ceniza de tu mar

Sombra y ceniza de tu mar
Santiago, lejos del sol
Agua de la mañana antigua
Tiembla en mi corazón.

sábado, 15 de mayo de 2010

La Compostela riojana -7-




Cuando aquel joven de una población cercana -al que le habían cerrado las puertas de un monasterio por no saber leer ni entender de latines- decide instalarse en este lugar poblado de hayas, no puede imaginar que su nombre quedaría formando parte de la historia para siempre. Se llamaba Domingo, y llegó a ser santo. Después de desbrozar el bosque, mejorar la calzada, construir un puente sobre el río Oja, hospitales e iglesias, dedicó el resto de su vida a atender a los peregrinos en camino hacia Santiago, cuidarlos y darles un sitio donde descansar.

Hoy, siglos más tarde, llegamos a esta ciudad que ha heredado la hospitalidad acogedora del santo. Ha sido una jornada por senderos de tierra donde la vista no tiene obstáculos, entre campos de cereales, tramos de subida, momentos de calor y bastante soledad, vigilados por la sierra de la Demanda y un cernícalo que voló demostrativo hasta desapareder. Nuestros pasos despiertan de la pereza en los últimos kilómetros cuando oímos la llamada circunspecta de la "moza más alta de la Rioja" que nos invita a un paso más ligero, y unos momentos después alcanzamos a ver la torre de la Catedral. No es demasiado tarde, pero los días -ahora en septiembre- se van quedando cortos y es necesario buscar donde descansar. La calle Mayor comparte el trazado jacobeo y su tiempo, sus casas-palacio, los conventos, y por supuesto los albergues. Frente al palacio del obispo de Osma (1600) -en lo que era la casa del Capellán de la comunidad- las monjas cistercienses, cumpliendo con la regla de San Benito de prestar cuidado a los peregrinos, tienen instalado un albergue, al que se accede por el antiguo pasadizo de carruajes de la Abadía. Aún se presiente allí el eco de tantos como pasaron, el rumor de unas vidas, y son las piedras -de nuevo ellas- las que cuentan la historia en el silencio contenido de los muros.

El dormitorio algo oscuro lo compensa esta vez un cuarto de baño completo y con agua caliente, pero hay que apresurarse si queremos acudir a la cita con la catedral. ¡Qué poco podía imaginarse el Maestro Garçión lo nombrada que iba a ser su iglesia! Este maestro de obras –posiblemente de origen francés- empezó su construcción en 1158 sobre los restos de la primitiva iglesia románica con la idea de seguir la línea de las grandes catedrales. Aquí está, algo más simplificada que el proyecto original y con diversas modificaciones a lo largo de los años, pero representando la voluntad de los maestros para superar incognitas y dificultades, vencidos todos los retos. Un reto es la torre, tercera de las construidas: la primera terminó sus días entre llamas, y la gótica que la sustituyó tuvo que ser desmontada por amenazar ruina. Ahora ésta, exenta de la iglesia y barroca, es con setenta metros la más alta de la Rioja. Toda esta arquitectura, la grande y majestuosa y también las pequeñas cosas, nos enseñan la voluntad del hombre para enfrentarse a las incógnitas y dificultades y salvarlas. También esto es un reto que le exige la vida.

En el interior, los peregrinos se agolpan delante del "gallinero" -obra gótica en memoria del conocido milagro del Santo- cosa que las pobres aves tienen que estar más que acostumbradas viendo el desinterés que muestran por su público. No nos detenemos demasiado y seguimos hasta el retablo mayor -de Damián Forment- una maravilla renacentista, el sepulcro de Santo Domingo con estatua yacente, el coro de madera de nogal y estilo plateresco, la Sala Capitular donde se guarda la mayor parte del tesoro del templo, y por supuesto el claustro. Una luz propicia al recogimiento te invita a pensar en los grandes maestros que tallaron la piedra y la madera y cincelaron las imágenes, en el esfuerzo que se hace tangible en el arte, en los símbolos y los rituales, en el secreto de los tiempos, y en esa magia que parece retener todo el conocimiento. Abrimos la puerta a nuestra curiosidad y traspasamos el umbral de lo que todavía no conocemos: una escalera estrecha, retorcida y tacaña de luz, nos lleva con esfuerzo hasta el clasistorio que acumula el polvo y el olor de los siglos. Vidrieras estrechas mantienen la humedad en el interior y prolongan sombras que se pierden en los muros y rincones. En este espacio hermético no es difícil sentir el eco de otros pasos, la presencia de aquellos artistas maestros constructores, que nos dejaron su herencia en un lenguaje lleno de incógnitas; como siempre serán las piedras las que nos lo puedan descifrar. Después de esto, la subida a la bóveda de la catedral es un regreso a la luz, al aire, y al presente.

Nos queda ya poco tiempo, pero con una cena y un buen vino queremos protegernos de cualquier imagen de nostalgia; mañana tenemos que dejar el Camino, pero no pondremos la palabra fin, sino un "continuar lo más pronto posible". Con este acento de esperanza dormimos un sueño reparador y tan confiado que no contamos con el reloj. Ya rozando la hora de salida, la voz obstinada de una de las monjas de la congregación nos despierta sin concesiones, amenazando con dejarnos encerrados en el albergue. Dos minutos más tarde estamos todos los peregrinos a medio vestir, con la mochila y los zapatos en la mano, en la calle.